sábado, 25 de septiembre de 2010

*El tic-tac que me acompaña

Escribo porque me hace pensar, recordar y rescatar sentimientos olvidados.

Mi abuela era una mujer especial, con mucho carácter, una mente muy clara y bastante sincera, a veces hasta el punto de ofender, pero tenía mucho sentido del humor. Sólo recordar a mis abuelos me llena de ternura.

Mi abuela era perfeccionista en sus trabajos, le gustaba mucho hacer ganchillo, pero antes se lavaba las manos para que el hilo no se ensuciase, no permitía que nadie tocara sus cenefas. Cuando tejía se concentraba de tal forma que casi te ignoraba, y te dabas cuenta porque llevabas un tiempo hablándola y observabas que su expresión no cambiaba, eso quería decir que no te había escuchado.

Me fascinaba ver como hacía su cama siempre ayudada por mi abuelo. Volteaban el colchón de lana de vez en cuando; lo mullían bien, repartiendo el relleno de igual forma por todos lados, luego ponían la ropa que ella había doblado sobre una silla y la dejaba perfectamente estirada, ayudándose de una vara fina que le había hecho mi abuelo. Todo era como una liturgia, algo casi sagrado.

Cada vez que entraba en la habitación de mis abuelos experimentaba una sensación parecida a la que tengo cuando entro en una iglesia. No sé porqué, pero así era.

Todas sus cosas mi abuela las cuidaba mucho, hacía que cada uno de sus muebles, telas o lozas pareciesen únicos. Casi no nos dejaba ayudarla para que no rompiésemos nada.

De igual forma trataba su reloj. Al entrar en su casa, había un zaguán solado con baldosas blancas y negras, iguales a las que tengo en mi casa, porque de alguna forma necesito conservar ese recuerdo y renovarlo cada día.
Allí estaba el reloj. Era grande, perfecto, siempre el mismo, como si el tiempo no pasara por él, nunca mejor dicho. Solamente le daban cuerda ella y mi abuelo; luego ese privilegio se extendió a mi tío José Manuel, el hijo que más se parece a mi abuela.

Este reloj siempre ha pertenecido a mujeres lectoras, como mi bisabuela Antonia, que lo consiguió al comprar una novela en fascículos que leía a sus vecinas y que ellas esperaban con deseo. La novela se llamaba “El calvario de una obrera o los mártires del amor”, de Teodoro Pallares, escritor cubano.

Luego lo heredó mi abuela María, que leía libros religiosos y después pasó a mi madre, Teresa, que me transmitió esta pasión por aprender que no se gasta con la edad, porque con setenta años sigue leyendo incansablemente.

Mi madre me cuenta que cuando daba las horas, sus campanadas sonaban como las de una catedral. Recuerdo que su sonido no siempre era igual: en invierno, al calor del brasero de picón, sentados a la mesa camilla, cosiendo y escuchando la radio; y en verano, con la casa callada a la hora de la siesta. Parece que estoy oyendo a mi abuela: “Juan Pedro, da cuerda al reloj que no se pare”.

Era el único reloj, no había otro en toda la casa, ni en la cocina, ni en la mesilla; con él nos despertábamos, con él íbamos a misa y al final del día, cuando él “decía”, nos íbamos a la cama. Y para ponerlo en hora, siempre tomaban como referencia el “parte” de la radio.

Recuerdo mi niñez como una época maravillosa, jugando feliz en la calle con mis primos y recuerdo a mi madre que después de bañarme, me besaba y me ponía agua de colonia por todo el cuerpo. Era tan feliz que toda mi vida la he pasado intentando volver a sentir aquella sensación.

(Autora: Beny).